Publicado en El País, 4/07/2011
En estos últimos años, tanto el profesorado de forma individual como los centros de enseñanza en sí mismos han ido perdiendo autonomía. Cada vez están más constreñidos. Eso es bueno, malo o regular. Al tiempo, su profesión ha cambiado, de ser enseñantes a ser también administrativos.
La comunicación a través de Internet tiene innúmeras ventajas para los particulares y para la Administración, pero en la práctica en la educación también está abundando en un proceso de fondo: atar al enseñante. Recientemente el profesorado comprobó como el dogal digital servía para que la propia Administración les obligase a hacer un trabajo extra: el de la propia Administración. Tuvieron que actualizar cada uno sus propios datos, y quien no lo supiese hacer, que buscase ayudante. Se supone que la explicación es que la consellería no contrata el suficiente personal y traslada ese trabajo al profesorado.
Y eso sin contar la cantidad de trabajo administrativo que ha aparecido en estos años, el día a día de un profesor hoy tanto es pensar en la didáctica de sus asignaturas o en el trabajo de aula como en enviar los formularios, memorias, fichas, documentos de todo tipo a quien que se los requiere a través del correo electrónico: jefatura de estudios, dirección, inspección, consellería... Hoy es una estampa normal la de un docente confeccionando gráficos, hallando tantos por ciento, redactando informes, memorias y programaciones. El profesorado hoy vive entre siglas (RRI, CXT, PEC, CCP, PCPI, PDC, PT, AL, PES...). Esa cotidianeidad burocrática nació de las mejores intenciones, un afán de modernizar y mejorar la educación, y junto al peso de la burocracia dejó numerosas mejoras educativas: se aumentó el número de profesores, se redujo el número de alumnos por aula, se dotó de profesores de apoyo y de más medios a los centros... Esas mejoras, lo adelantado estos años, está siendo recortado ahora por la consellería con el paradójico argumento de que es por nuestro bien.
El papel tradicional del profesorado está cambiando. Los niños hoy llegan al aula sabiendo ya muchas cosas que antes aprendían en la escuela, pero ese caos de estímulos e informaciones, muchas veces deformadoras, tiene que ser ordenado, para que tenga sentido, y jerarquizado según los valores humanistas, para formar personas equilibradas y cívicas. Todo ese asunto de repartir ordenadores o "enseñar a aprender" tiene una parte de necesaria actualización de las tecnologías y tiene otra parte de puro mito, la panacea o bálsamo de Fierabrás y la magia potagia: por el fondo corre el deseo de que desaparezca el docente y el alumnado acceda asépticamente a la información. Detrás está la utopía de un mundo de consumidores desnortados, sin sentido, sin valores y a merced de quien controla la información.
Pero si la sociedad cuestiona la función actual del profesorado, ¿cuál es su función entonces? Además de escribir ficciones administrativas y de instruir como sabe al alumnado, la sociedad a través de los políticos les pide todo lo que falta en la vida de los alumnos. Y faltan muchas cosas. La vida de los niños de hoy no es fácil. Instituciones como la escuela no pueden sustituir al papel de los padres, madres, tíos o familia que los atienda. Tampoco es una vida fácil para muchos padres que quisieran poder atender más a sus hijos y no pueden, sus necesidades se juntan con las de otros padres quienes, simplemente, no quieren asumir sus obligaciones porque son vagos e irresponsables y en conjunto se le pide algo excesivo a los maestros. Un sabio proverbio africano advierte que para educar a un niño hace falta toda una tribu. Pues, señoras y señores, aquí ahora no hay tribu, ni siquiera familia muchas veces, y los profesores no pueden remediar un profundo problema social: el fracaso escolar es el nombre eufemístico que le damos al fracaso social. Alumnos que ven como se desprecia a los profesores en su casa, que no se les enseña a comportarse en los distintos lugares, que no respetan a sus propios padres y que no sólo no se les ha enseñado a obedecer (sí, obedecer) sino a creer que son el centro del mundo. A esos alumnos no hay profesor que les ayude.
Pero con ordenadores o sin ellos al fin la tarea del maestro, de la profesora, es dar. Efectivamente da valores y conocimientos todavía, el maestro establece un vínculo personal con su alumnado y si no existe ese vínculo no le puede dar nada. Más o menos, tiene que implicarse personalmente para cumplir su trabajo, por eso es nefasta la nueva cultura que se está extendiendo: "No te comprometas". "No te comprometas, no te metas en líos". Efectivamente cambió la cultura de alumno, y de padre, y eso afecta a la labor del docente.
En la escuela tradicional la violencia no sólo era el instrumento para imponer orden sino un valor ideológico en sí mismo, la violencia era el fundamento de todo el orden politico y social tras la Guerra Civil: mandaban los más fuertes, los poderosos, que eran los que merecían mandar. La continuación de la escuela era el servicio militar para los varones, donde acababa el proceso disciplinario para transformarlos en el tipo de súbditos que el régimen totalitario deseaba. La sociedad cambió mucho y en vez de súbditos obedientes y disciplinados ahora necesita consumidores caprichosos, y eso es lo que somos y lo que la sociedad forma. La violencia física del profesor al alumno, afortunadamente, hoy es una absoluta anomalía y en cambio se vive el extremo de que el enseñante no tiene en la práctica instrumentos para imponer orden al niño o al adolescente, que frecuentemente es violento. El maestro va siendo arrinconado entre el miedo a la sociedad y la Administración que no cesa de empujarlo. La Administración considera que los padres de los alumnos son posibles votantes, así que no quiere problemas y entre una familia de votantes y un trabajador público escoge a los votantes. Hoy el profesorado vive una experiencia nueva: el miedo. Viven con miedo dirigido hacia alumnos, padres, direcciones que se pliegan sumisas a la inspección, inspectores... Entre unas cosas y otras, un perfecto acoso: bocadillo de profesor.
En conjunto, la educación en estos años pasados ganó en profesionalidad y calidad, pero está perdiendo en dignidad a marchas forzadas: los profesores están siendo tratados como culpables de alguna cosa que no se dice, pero por la que se les persigue y se les somete a proceso.
La sociedad, especialmente los padres, debieran saber que en los últimos años han florecido numerosas experiencias educativas en los centros, en las bibliotecas, en las actividades extraescolares, en las propias aulas... gracias a que los profesores tuvieron tiempo y algo que nunca se les reconoce, vocación para entregar voluntariamente su tiempo fuera del horario escolar. Pero en Galicia vemos ahora como la consellería desfigura el ropaje de la educación, recortándole el traje lo deja harapiento, por un lado estira y baja bastas y por otro corta. Por un lado, estira horarios y funciones a los profesores incesantemente y aumenta el número de alumnos por aula. Por otro lado recorta el número de profesores y todos los avances educativos de los últimos años. Y ese traje sigue un patrón de moda, el de una derecha enemiga del patrimonio público: la crisis económica es la tapadera para realizar un ataque a la enseñanza pública. Que todo sigue un plan ideológico quedó muy claro desde el principio, cuando emprendieron el recorte de la presencia de la lengua gallega en la educación. El instrumento utilizado fue un referéndum entre los padres, como si la política de obligada protección a nuestra lengua fuese sólo decisión de los padres de alumnos en ese momento, que ese referéndum además estuviese amañado en todos los sentidos evidencia lo esencial: todo es mentira. Mienten. No pretenden proteger libertad lingüística alguna, pretenden acabar con nuestra lengua haciendo que lo que lo que es común y nos une nos divida. Y no pretenden ahora tampoco mejorar la calidad de la enseñanza, simplemente cortan y recortan la enseñanza pública favoreciendo a la privada. Esa cirugía a la enseñanza pública se realiza sobre su cuerpo: los profesores. Igual que el funcionariado es el cuerpo del Estado, los profesores son el cuerpo de la enseñanza, para poder desmontar el Estado social tienen que difamar a los funcionarios, para desmontar la educación pública al profesorado, para dejar desnudos a los trabajadores a los sindicatos... Y ahí está esa campaña en prensa: los profesores son vagos y se quejan por nada, tienen privilegios... Y no somos responsables como dicen que es el personal sanitario (eso quiere decir que le van a meter más tijera a la sanidad pública). Hacen un escarnio público para poner a la sociedad contra los educadores y pretenden utilizar a los padres, con sus legítimos intereses y necesidades, en contra suya.
El sarcasmo es que, igual que destruyendo los avances en la educación pública dicen que la mejoran, también tratan al profesorado como si fuesen niños, sin consultarle siquiera cambios que le afectan, y arrastran su imagen al tiempo que dicen querer protegerlo y darle autoridad. Ese título de "autoridad" que les otorga una ley en este contexto de difamaciones, falta de diálogo e imposiciones es como un risible cucurucho en la cabeza o el famoso pito del sereno. Es una burla de la que todos ríen. Si a alguien le preocupase de verdad la enseñanza pública, que es la que da igualdad de oportunidades a todos y el único dique contra la exclusión y la descomposición social, tendría que avergonzarse de lo que se le hace a un cuerpo de trabajadores públicos fundamental que se siente unánimemente humillado y maltratado. Eso es lo que expresan todos sus sindicatos, esos a los que ni han oído en ningún momento.
Suso de Toro
Jorge Martínez, colaborador habitual de El Tiramilla, nos cuenta en este artículo cómo se inició a la lectura y de qué sirvieron las orientaciones de padres y profes. Vale la pena leer sus reflexiones sobre cómo conseguir que los más jóvenes lean.
Vine leído de casa. Tuve la inmensa suerte de que no necesité que nadie me motivara para leer, me enseñara los placeres de la lectura o la última moda me llevara a encontrar el libro de mi vida. Nací envenenado. Mis padres no me proporcionaron ningún antídoto y con bastante libertad me convertí en el lector compulsivo que soy hoy en día. A la actitud que ya me venía de serie se sumó a la suerte que tuve de encontrar buenos libros que me fueron llevando de uno a otro. Si hubiese esperado a que las lecturas obligatorias del colegio o del instituto lo hicieran, seguramente engrosaría las encuestas en la franja de población no lectora. Aún hoy recuerdo con horror aquellas novelas con las que en principio me tenía que sentir identificado. Pero no. Imposible. ¿Cómo podía verme reflejado en la historia de una chica enamorada de su profesor de filosofía? ¿Cómo pretendían que aquello me motivara a leer y a disfrutar? Por suerte, el veneno de la lectura ya corría por mis venas y me inmunizó a la bazofia que tuve que tragar si quería aprobar la asignatura.
Si lo pienso un poco diría que mi pasión por la lectura se asentó en tres pilares básicos: clásicos, literatura de género y lecturas imprudentes.
Clásicos. Una colección de libros que me regalaron cuando cumplí ocho años y que traía en ella libros de Julio Verne, de Karl May, de Melville, de Emilio Salgari, Michel Ende, etc. La vez que me puse enfermo y cumpliendo con el tópico me regalaron La isla del tesoro y descubrí que la literatura era otra cosa. El viejo ejemplar de Las aventuras de Tom Sawyer que me sirvió para soñar con irme de casa con mis amigos y convertirme en pirata. La profesora que dejó de lado toda prudencia y nos hizo leer El hobbit. Narración pura, acción, aventura y grandes proezas. Novelas que establecieron el gusto por la historia bien contada, por la economía narrativa y un sentido lúdico de la literatura.
Como a casi todos, un día una tía me regaló un par de ejemplares de unas novelas de Enid Blyton (creo recordar que eran de Los Cinco) y me aficioné a las historias de misterio. Con el tiempo me di cuenta de que los personajes de estas novelas se limitaban a luchar contra secuestradores y contrabandistas y empecé a pedir más crimen, más sangre y más muertos. Conan Doyle y Agatha Christie, claro. Y un verano aparecieron las novelas de Andreu Martín y Jaume Ribera: la saga del detective Flanagan y aquella joyita llamada El cartero siempre llama mil veces. Temas actuales, vocabulario reconocible, peligro, violencia, primeros amores adolescentes, casos bien estructurados y resueltos. Historias que fueron la puerta perfecta para que al poco empezaran a entrar en mi vida los primeros clásicos de la novela negra americana. Sin olvidar la sorpresa que fue la lectura de El día de los trífidos, de John Whyndam, responsable directo de que hoy en día consuma grandes dosis de ciencia ficción y viva obsesionado con el fin del mundo.
Y las lecturas imprudentes. Aquellos libros que ni profesores ni padres debían saber que devoraba. Historias en las que ambos coincidían que no eran “adecuadas” para la edad. En mi caso fueron Justine o los infortunios de la virtud de Sade y una colección de cómics eróticos y de ciencia ficción que un primo guardaba celosamente en un cajón. Y en casa de un amigo llegaron a mis manos novelas de Ofelia Dracs o Manuel de Pedrolo que hicieron volar mi imaginación a territorios por aquel entonces inexplorados. Siempre he creído que para interesar en la lectura a un adolescente nada mejor que dejar a su alcance novelas que traten uno de los temas que más le pueden interesar: el sexo. Eso sí, para este tipo de lecturas no sirve la orientación ni de padres, ni de profesores. Aquí cada uno vuela solo.
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DECÁLOGO DE UNA FAMILIA COMPROMETIDA EN LA LECTURA
1. Una familia comprometida en la Lectura es aquella que anima a leer incluso antes de que su hijo sepa leer. Dejar a los pequeños que hojeen, investiguen, se recreen mirando las ilustraciones de los libros... es una estupenda manera de comenzar a amar la lectura.
2. Es aquella que cuenta cuentos a sus hijos, les recita pequeñas poesías, les llena sus oídos de musicalidad y belleza.
3. Es aquella que nunca fuerza a leer.
4. Es una familia que selecciona muy bien los libros de sus hijos (hasta determinada edad), valorando el hecho de que las buenas ilustraciones ayudan a formar su gusto por el arte y por lo bello.
5. Es aquella que da ejemplo de lectura a diario.
6. Es aquella que comparte las lecturas de sus hijas e hijos y juntos las comentan.
7. Una familia comprometida en la Lectura procura conocer, los gustos de sus hijas e hijos y los respeta en lo posible.
8. Es una familia que acude con los hijos e hijas a los lugares donde están los libros (librerías y bibliotecas) y les anima a hacerse socios de alguna biblioteca o bibliobús.
9. Es aquella familia que fomenta el gusto y cuidado por la biblioteca personal de su hija o hijo y que dispone para tal efecto de un espacio apropiado.
10. Una familia comprometida en la Lectura considera que la compra de un libro no es algo excepcional con motivo de una celebración, aunque en estas ocasiones el libro tiene que estar presente como regalo, sino que lo considera parte de los gastos de su educación.
Fuente: Colegio Público Juan de Vallejo
Cando esteades a ler co voso fillo ou filla, facémosvos as seguintes recomendacións:
* Apagade a tele ou a radio, para non vos distraer.
* Que non resulte unha obriga e que sexa un anaco divertido.
* Se os vosos fillos aínda non saben ler, podedes mirar con eles as imaxes dun libro ou lerlles algunha historia.
* Preguntádelle ao profesor ou ao responsable da biblioteca escolar do centro educativo dos vosos fillos que lecturas son máis apropiadas ou como tedes que facelo.
* Despois da lectura, comentade o que lestes: personaxes, situacións, etc., e relacionádeos coa vida cotiá.
* Se non tedes tempo para sentarvos a ler cos vosos fillos, que vos lean algo mentres facedes outra cousa: pasar o ferro, cociñar, coser, arranxar un aparato e, se estás canso, aproveita mentres descansas no sofá.
* Cando o teu fillo ou filla che lea o texto, procura:
* Apagade a tele ou a radio, para non vos distraer.
* Que non resulte unha obriga e que sexa un anaco divertido.
* Se os vosos fillos aínda non saben ler, podedes mirar con eles as imaxes dun libro ou lerlles algunha historia.
* Preguntádelle ao profesor ou ao responsable da biblioteca escolar do centro educativo dos vosos fillos que lecturas son máis apropiadas ou como tedes que facelo.
* Despois da lectura, comentade o que lestes: personaxes, situacións, etc., e relacionádeos coa vida cotiá.
* Se non tedes tempo para sentarvos a ler cos vosos fillos, que vos lean algo mentres facedes outra cousa: pasar o ferro, cociñar, coser, arranxar un aparato e, se estás canso, aproveita mentres descansas no sofá.
* Cando o teu fillo ou filla che lea o texto, procura:
- Que fale alto e claro.
- Que articule e vocalice ben.
- Correxilo cando pronuncie mal unha palabra, ou cando se salte algunha.
- Explicarlle as palabras que non entende. Para iso convén que teñas un dicionario a man.
- Que lea devagar, dando sentido ás frases, sen deterse.
- Que use a entoación axeitada, con expresividade, evitando a monotonía, e que adecúe a voz e os xestos ao tipo de texto que sexa: poesía, descrición, diálogo, etc.
* Por último, se un día, por calquera motivo, non podedes facer o voso anaco de lectura, non vos desanimedes: volvede intentalo ao día seguinte con máis gana.
Ánimo.
Ánimo.
Extraído del artículo "¿Qué hacer después de un mal comportamiento?", en la web Universidad de Padres
A veces podemos prevenir el mal comportamiento. Establecer limitaciones justas y necesarias es, en realidad, la mejor decisión en ese sentido. Las normas son de gran importancia y necesidad para el armonioso desarrollo del niño. Pero, qué ocurre cuando no se cumplen las reglas, cuando los padres han establecido una serie de normas de manera adecuada, y el niño o el adolescente no las cumple?. Debemos tener en cuenta que los hijos son nuevos en el juego de la vida y están llamados a cometer errores. Pero tenemos que hacer algo después de que nuestros hijos se hayan portado mal.
Cuando lo que se desea es la modificación de una conducta, lo que se utiliza es el castigo. El castigo es un proceso de aprendizaje, que se opone al refuerzo. Mientras que el refuerzo aumenta la frecuencia de una respuesta, el castigo la disminuye. El castigo es entendido como una consecuencia desagradable de una conducta que no debía haberse hecho. Así, el castigo negativo u omisión implica el no dar un premio cuando se da una conducta no deseada. Por ejemplo, cuando una madre dice "si no estudias no vas a la playa", el refuerzo positivo está presente (va a ir a la playa), por lo que se está reforzando la conducta deseada (el estudio). Pero la aparición de la no deseada (el no estudiar) omite el premio (el castigo es no ir a la playa).
El castigo puede implicar quitar algo agradable (un paseo, dejarle en un cuarto de modo que le quitas el estar con los demás, una alabanza de su padre...), o el dar algo desagradable, que ya sería el castigo como se entiende normalmente (un azote, por ejemplo), que es el menos recomendable.
Es fundamental recordar, por un lado, que para extinguir una conducta inadecuada siempre se debe tener en cuenta que, a la vez que la extinguimos, debemos sustituirla por otra; es decir, no sólo se debe decir "no hagas esto" sino también "haz esto en su lugar". Por otro, debe reforzarse la conducta deseada a la vez que se castiga (ignorar la conducta es castigarla) la no deseada. Se ve, pues, que el castigo tiene efectos positivos, y que no debe entenderse únicamente como una represalia física, que es como a veces la entienden sus detractores, y que de nuevo repetimos que no se recomienda en ningún caso.
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Emilio Calatayud, juez de menores en Granada, famoso por sus sentencias ejemplares y re-educadoras, hace una reflexión sobre el fracaso escolar y el absentismo:
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